Compartimos a continuación la introducción al estudio Mitología clásica en el arte medieval de Erwin Panofsky y Fritz Saxl, en el que ambos autores -fundamentales para entender el desarrollo de la historia del arte a lo largo del siglo XX- se proponen desentrañar el papel que jugó la mitología clásica en la Edad Media, descubriendo así una etapa muy poco conocida del arte occidental

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Los primeros escritores italianos sobre historia del arte, como por ejemplo Ghiberti, Alberti y especial­mente Giorgio Vasari, creían que el arte clásico había sido derrocado a comienzos de la era cristiana y que no revivió hasta que, durante los siglos XIV y XV en Italia, sirvió como fundamento de lo que es habitualmente lla­mado Renacimiento. Los motivos de este derrocamiento, como vieron estos autores, fueron las invasiones de los pueblos bárbaros y la hostilidad de los primeros sacer­dotes y sabios cristianos.

Pensando como lo hicieron, estos primeros escritores se hallaban al mismo tiempo en lo cierto y equivocados. Estaban equivocados en tanto que el Renacimiento se conectaba con la Edad Media por innumerables víncu­los, muchos de los cuales estaban implícitos en el propio nombre de Edad Media, el cual es un término renacen­tista basado en la vieja concepción italiana de evolución cultural. Las concepciones clásicas –literarias, filosóficas, científicas y artísticas– sobrevivieron a lo largo de la Edad Media y fueron especialmente fuertes después de la época de Carlomagno, bajo cuyo reinado había exis­tido un deliberado resurgimiento clásico en casi todos los campos culturales. Estos primeros escritores estaban en lo cierto en tanto que las formas artísticas bajo las cuales las concepciones clásicas persistieron durante la Edad Media fueron completamente diferentes de nues­tras actuales ideas sobre la Antigüedad, que no vieron la luz hasta el “Renacimiento”, en su sentido estricto de “renacer” de la Antigüedad, como un fenómeno histó­rico bien definido.

Durante la Edad Media, en los países de la Europa occidental, fue inconcebible que un tema de la mito­logía clásica tuviera que ser representado dentro de los límites del estilo clásico, como sucedía en la pintura de Júpiter y Venus de Rafael en el techo de la Villa Farnesina (fig. 1). A pesar de que hay monumentos de arte bizantino, tales como las llamadas urnas de rose­tones, con relieves de los trabajos de Hércules y otros temas similares (fig. 2), los cuales, en la medida en que representan temas clásicos bajo formas clásicas (o al menos pseudo-clásicas), sí son comparables al fresco de Rafael, encontramos que nada es equiparable a ellos en los países occidentales durante la “plena” Edad Media. Incluso en la Venecia del duecento, íntimamente conec­tada como estaba con Bizancio, un antiguo relieve de Hércules no podía ser imitado sin cambiar su temática mitológica (figs. 4, 5). La piel del león fue reemplazada por un ondeante cortinaje, el jabalí se convirtió en un ciervo, el aterrorizado Euristeo fue omitido y el héroe fue obligado a permanecer sobre un vencido dragón. Como el alma humana se simbolizaba a menudo con un ciervo, el resultado de estos cambios fue que el héroe clásico había sido transformado en el Salvador conquis­tando el mal y redimiendo las almas de los fieles. Con este ejemplo percibimos que el arte medieval occidental fue incapaz o, lo que es lo mismo, fue reticente a con­servar un prototipo clásico sin destruir con ello su forma original o, como aquí, su significado original.

Una de las características esenciales de la mentalidad europea occidental parece ser el modo en el que ésta destruye las cosas y luego las reintegra en una nueva base –rompiendo con la tradición sólo para retornar a ella desde un punto de vista absolutamente nuevo–, produ­ciendo entonces “renacimientos” en el verdadero senti­do de la palabra. El arte bizantino, por el contrario, sin haber perdido nunca su conexión con la Antigüedad, fue incapaz de encontrar su camino hacia lo que po­demos denominar un estilo moderno. Desde los siglos XIV y XV, se ha contentado con una mera asimilación de las realizaciones de Occidente a su propia tradición de evolución.

Entonces podemos ver que lo que se puede llamar el problema del “fenómeno renacentista” es una de las cuestiones centrales de la historia de la cultura europea. Con éste como su punto de partida, el difunto profe­sor Aby Warburg de Hamburgo concibió la fructífera idea de dirigir su investigación científica a la manera en la que el pensamiento clásico había continuado a través de la era post-clásica. Para este fin erigió una biblioteca dedicada exclusivamente a esa materia. Con ello, más allá de confinarse a lo que es normalmente llamado Historia del Arte –lo que habría hecho su investigación imposible– encontró necesario ramificarse en muchos campos hasta entonces no tocados por los historiadores del arte. Su biblioteca, por lo tanto, abraza la historia de las religiones así como la de la literatura, la ciencia, la filosofía, el derecho y lo que generalmente podríamos llamar superstición, junto con sus diferentes corrientes de tradición. Nuestro empeño en el presente ensayo será, mientras se examina un problema particular, de­mostrar los métodos de investigación desarrollados por Aby Warburg y sus seguidores.

Nuestro problema, entonces, es el papel de la mito­logía clásica en el arte medieval. Examinándolo podría­mos no prestar atención a los innumerables ejemplos, como el relieve veneciano que hemos mencionado, en el que una figura de la mitología clásica ha sido privada de su significado original e investido con otro. Podríamos, por el contrario, considerar el modo en el que los artistas medievales representaron las figuras mitológicas clásicas como tales. De esta manera será necesario para nosotros distinguir claramente entre dos tradiciones diferentes de trabajo. En una, a la que podríamos referirnos como la “tradición representativa”, el artista medieval tenía ante sí una serie de versiones de esta temática particular que le habían llegado como unidades integrales de tema y forma. En la otra, la referida como “literaria” o “tradi­ción textual”, el artista medieval tenía ante sí sólo un texto literario que describía un tema mitológico, para cuya ilustración tenía que resolver nuevos tipos o for­mas sin tener ninguna conexión visual con aquellos de la época clásica.

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