En septiembre de 1943, tras recibir el encargo de diseñar el Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York, el arquitecto Frank Lloyd Wright envió a la primera directora de la institución, Hilla von Rebay, una copia del primer volumen de las Cien vistas del monte Fuji de Katsushika Hokusai, sabedor de que ella podría apreciarlo como merece. En la misiva que acompañaba al envío, el célebre arquitecto se deshacía en elogios hacia Hokusai, el grabador y el editor: “es casi increíble que produjese obras de una perfección tan exquisita”.

 

Carta de Frank Lloyd Wright a Hilla Rebay (24 de septiembre 1943).

Quedaba claro que esta era una valiosa pieza de coleccionista, pero Lloyd Wright contaba con dos ejemplares, por lo que podía desprenderse de uno a fin de obsequiar a su cliente. Desde que realizó su primer viaje al país del sol naciente, en 1905, había iniciado una colección de arte japonés que, con el paso de los años, terminaría siendo muy apreciada y exhibida en múltiples instituciones y museos. “Desde que descubrí estas impresiones, Japón me ha atraído como el país más romántico y artístico de la tierra”, afirmaba Lloyd Wright en su autobiografía.

De entre todos los grandes artistas japoneses, destacaba a Hiroshige y a Hokusai, en quienes busco inspiración a lo largo de toda su trayectoria. Respecto al libro que nos ocupa, las Cien vistas del monte Fuji, Wright se mostró impresionado por el modo en el que ciertas composiciones presentaban elementos que rompían los recuadros, como sucede en la estampa número dos, titulada “Irrupción del pico del monte Fuji en el año 286 a. C.”. “Ahí te haces una idea de la montaña que nunca podrías obtener si la limitases a un marco. Ese es un truco característico de Hokusai”, afirmaba el arquitecto. Lo cierto es que ese recurso es empleado de forma magistral para narrar el episodio en el que una gran erupción configuro el majestuoso aspecto actual de la montaña, subrayando sutilmente la elevación. En este sentido, vemos como Wright hizo uso de esta misma idea en varios de sus diseños, tratando de romper la separación artificial que separa al observador y el edificio. En el caso de los dibujos asociados al proyecto de resort Huntington Hartford, la construcción se eleva hacia el cielo, mientras que la parte inferior parece disolverse enfatizando aún más ese sentido de inmersión por parte del espectador en la escena.

 

También en algunos de los diseños para el estudio de Wright realizados por la excelente proyectista Marion Mahony Griffin podemos apreciar la influencia de ambos maestros japoneses. En concreto, los realizados para el complejo Rock Crest – Rock Glen emplean una vista panorámica muy similar a la que encontramos en obras de Hokusai como “Fuente sagrada en el pico del castillo”, de 1832. La profundidad espacial se genera mediante múltiples capas situadas entre el observador y el edificio, realzando una ilusión y un sentido de la distancia verdaderamente espectacular.

Podemos afirmar, una vez más, que la sombra de Hokusai es alargada…

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