Compartimos los primeros compases de la estupenda introducción al Amorum emblemata realizada por Isabel Mellén, en la que se plantea una aproximación muy acertada a la emblemática en general, como manifestación cultural y editorial, y a la obra de Otto Vaenius en particular, como modelo de tratado de simbología amorosa.

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Nada hay más universal que el amor, y nada como él ha logrado inspirar las mayores obras artísticas y literarias de la humanidad. Como sentimiento vertebrador de la vida humana, ha sido capaz de recorrer todas las épocas dejando su impronta en las manifestaciones culturales más relevantes de cada momento histórico. Qué sería de la poesía, el teatro, la música, la pintura, la mitología o la literatura sin uno de los grandes temas en los que siempre ha encontrado su inspiración. Y qué sería de la historia, de las religiones y de las sociedades sin este sentimiento encontrado, complejo, paradójico y camaleónico que se puede hacer presente de tan variadas formas y cuyo poder trastoca hasta el más racional de los argumentos. Se podría afirmar que, sin el amor, no tendríamos civilización.

Así al menos, como motor del mundo, se concebía este sentimiento en la Edad Moderna, y era tal su importancia social y cultural que llegaron a existir varios tratados sobre el amor que triunfaron en las largas veladas de las cortes europeas. Allí, en esos círculos, el amor se tomó en serio, se consideró objeto de reflexión y de estudio, se instaló en el epicentro de algunas corrientes filosóficas y se forjó una idea de amor que traspasaría las fronteras de la corte para propagarse entre las gentes menos aristocráticas gracias a herramientas de divulgación como la emblemática: una singular mezcla entre imagen simbólica y texto que lograba conectar tanto con las masas iletradas como con los más eruditos. A modo casi de pasatiempo, descifrar estas imágenes para captar su significado era uno de los mayores entretenimientos de la época, con lo cual fueron varios los autores que se aprovecharon de este mecanismo cultural para adoctrinar a los jóvenes en cuestiones del corazón. El Amorum emblemata de Otto Vaenius es uno de esos tratados emblemáticos que busca ofrecer una serie de consejos amorosos a través de la imagen, transmitiendo un mensaje que, por inmortal, todavía puede sernos de utilidad en nuestros días.

LA EMBLEMÁTICA MODERNA: UN CRUCE ENTRE EL SABER HERMÉTICO, LA PROPAGANDA Y EL PASATIEMPO

Cuando nos reímos ante la tira cómica de un periódico, compramos un producto que hemos visto en un cartel publicitario o compartimos por redes sociales un gracioso meme de Internet, sin darnos cuenta estamos perpetuando un gesto que hunde sus raíces varios cientos de años atrás, en plena cultura barroca. Y es que estas manifestaciones culturales tan propias de nuestra época son deudoras en último término de una tradición surgida durante en el Renacimiento y que aglutina en sí misma todo un conglomerado de influencias, creencias y saberes antiguos. La emblemática, vista desde esta perspectiva contemporánea, es el antecedente lejano de todas las manifestaciones culturales populares en las que conviven una imagen y un texto simbólicos, para los que hace falta una inmersión cultural plena si se aspira a comprenderlas con naturalidad. Por eso, cuando desciframos de manera automática el contenido críptico de una viñeta satírica, un anuncio o un meme, estamos poniendo todo nuestro bagaje cultural al servicio de esta combinación simbólica de imagen y texto. Sin embargo, para alguien ajeno a este código cultural, la interpretación del contenido se vuelve una tarea ardua y precisa de ciertas explicaciones complementarias para poder acceder a su sentido último; algo así nos sucede hoy en día con la emblemática. Hay que tener en cuenta además que se trata de un fenómeno muy amplio que conoció múltiples derivaciones, con lo cual se pueden establecer patrones generales para su estudio, aunque siempre existirán excepciones a los mismos.

La emblemática es, por lo tanto, una manifestación cultural propia de la Edad Moderna que surgió al abrigo de la imprenta y que conoció una gran repercusión por toda Europa hasta que la Ilustración y su nueva forma de conocimiento racionalista dieron al traste con este modelo de sabiduría basado en lo metafórico y lo simbólico. Como sucede, por ejemplo, con la actual publicidad, estaba profundamente imbricada en la vida cotidiana y tanto la cultura popular como la élite intelectual gozaban con ella por igual. Sedujo a reyes y a analfabetos, a eclesiásticos y literatos, y pocos fueron los que quedaron al margen de su influjo.

 

EL EMBLEMATUM LIBER Y LA EMBLEMÁTICA IMPRESA

El italiano Andrea Alciato pasa por ser el padre de la emblemática y aquél que creó el Emblematum Liber, el que pasaría a la historia como el primer libro de emblemas. Sin embargo, en el proceso de creación de esta obra, Alciato es solo uno de los artífices implicados, puesto que la genial idea de añadir imágenes simbólicas a sentencias grecolatinas en realidad se debe al editor alemán Steiner. Alciato ya había publicado en Basilea en 1529 unos adagios acompañados de una serie de epigramas traducidos del griego y frases sentenciosas bajo el título de Selecta epigrammata graeca. Una versión ampliada del mismo fue a parar a las manos de Conrad Peutinger, amigo personal de Andrea Alciato, y muy probablemente este se lo entregó al editor Steiner. En una afortunada decisión editorial, y sin el conocimiento del autor de las sentencias, Steiner incluyó una serie de grabados simbólicos que ilustraran estas ideas. Ante el fulgurante éxito de ventas que alcanzó esta obra, Steiner se puso en contacto con Alciato para preparar las posteriores ediciones del Emblematum Liber, que verían un progresivo incremento en la calidad de las imágenes y también en el número de emblemas hasta alcanzar la cifra de 211 que hoy en día se tiene como canónica. Con la adición de imágenes a esta serie de sentencias y comentarios, la emblemática alcanzó su forma clásica tripartita, que incluye un mote o lema, una pictura y un epigrama.

El mote o lema es una sentencia breve, generalmente en latín o griego, normalmente extraída de algún texto de gran autoridad para la cultura humanista moderna, como podía ser la literatura clásica, la Biblia o también incluso la lírica contemporánea que seguía la estela de Petrarca. Este breve fragmento habitualmente enlaza con alguna píldora de sabiduría, a menudo procedente de la Antigüedad, rescatándola del pasado y actualizándola para el momento presente. Además, el prestigio de las fuentes solía dotar de dignidad y veracidad al emblema, sin contar con que mostraba la erudición del emblemista en cuestión. A pesar de que el lema rara vez podía ser comprendido por la mayor parte de la población, que no sabía latín, era una forma de acercar el conocimiento de los clásicos a las masas populares, y junto con la pictura y el epigrama, el significado de la enigmática frase podía ser transmitido sin dificultad.

La pictura es la imagen que acompaña al emblema, bien en forma de grabado, pintura o incluso escultura. Es de carácter profundamente metafórico y trata de mostrar, mediante símbolos reconocibles para la cultura moderna, referencias a personajes mitológicos o alegorías, una enseñanza que entra en relación con el significado del lema. El profundo carácter enigmático de estas imágenes seducía y seduce hoy en día al observador, que se ve en la necesidad de poner todo su intelecto al servicio de su desciframiento. De este modo, acaparaba la atención del espectador y se presentaba ante él de una forma lúdica, casi como un acertijo a resolver. No en vano, en la época, estas imágenes recibían el nombre de jeroglíficos.

En cuanto al epigrama, texto escrito en lengua vernácula que solía aparecer tanto en prosa como en verso, era un fragmento poético de libre creación del emblemista en el que disertaba brevemente sobre la enseñanza que transmitía el emblema apoyando el contenido del mismo. No se trataba de una pista para resolver el enigma, ni mucho menos una explicación pormenorizada del mismo, sino una reflexión literaria e intelectual sobre el mensaje, que contribuía a apuntalar el significado. De esta forma el epigrama ahondaba en la enseñanza del emblema y servía también como muestra personal de la calidad literaria del autor y de su capacidad para la divulgación de un mensaje erudito y culto.

La clave de la vinculación entre el lema, la pictura y el epigrama es que los tres empleaban una misma metáfora para cohesionar el mensaje. Era habitual que en el lema se seleccionara una metáfora literaria de la Antigüedad clásica; la pictura actualizaba ese conocimiento trayéndolo al presente, empleando códigos simbólicos propios de la Edad Moderna y, además, lo hacía accesible a los iletrados a través de la imagen; y el epigrama consistía en una derivación de la metáfora principal, donde el autor podía generar nuevas metáforas lingüísticas acordes con su cultura y con la de la época para indagar aún más en el conocimiento arcano que el emblema se había propuesto transmitir.

Estas tres partes constituyentes del emblema clásico, en su conjunto, formaban un mecanismo verbovisual idóneo para poder acceder a grandes capas de población, desde los más ilustrados hasta los más analfabetos, puesto que la perfecta combinación entre imagen y texto, y su carácter simbólico, que hacía sus complejos mensajes comprensibles por encima de las trabas educativas, permitían que se propagaran con gran facilidad hasta formar parte del sustrato cultural colectivo. Hasta tal punto su presencia en la sociedad moderna era habitual que con un simple golpe de vista cualquier ciudadano podía conocer la moraleja que se hallaba detrás de los emblemas más populares.

Pero, ¿qué tipo de mensajes transmitía la emblemática? En un principio las enseñanzas que propagaba la emblemática eran de tipo moral y solían mostrar modelos de conducta procedentes de la cultura grecolatina. Pero, con el tiempo, la temática de los emblemas se fue diversificando y se adaptaron para acoger casi cualquier tema: desde pautas político-morales para ser un buen gobernante, pasando por consejos amorosos (como es el caso que nos ocupa), hasta la predicación religiosa o la propaganda regia.

Todos los temas, tanto profanos como sacros, eran susceptibles de emblematización, con lo cual se convirtió en una herramienta básica de transmisión de información en la Edad Moderna, que incluso fue empleada tanto por el poder eclesiástico como por la realeza de forma masiva y deliberada con el fin de adoctrinar a la población.

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