Ahora que la tortura vuelve a estar sobre la mesa tras las recientes declaraciones de Donald Trump al respecto del ‘waterboarding’ -tema sobre el que ya había hablado también durante la campaña electoral-, recordamos las palabras de Stephen F. Eisenman en el prólogo de El efecto Abu Ghraib (Sans Soleil Ediciones, 2014), en el que se pregunta ¿cómo pueden los artistas, los historiadores del arte y los críticos responder a la reactivación de esta antigua barbarie? ¿Cómo pueden las instituciones artísticas –las escuelas, universidades, galerías y museos– adaptar sus programas y prácticas para responder a esta nueva atrocidad? Este libro pretende alentarnos a abordar estas cuestiones. Piensa en la tortura, sostiene: mírala, dala a conocer, y confróntala a fin de acabar con ella.

Desde el inicio de la guerra de EE.UU. contra Irak en 2003, las imágenes de las torturas de Abu Ghraib se recuerdan, sin duda, como unas de las más duras e inquietantes. Han sido reproducidas en periódicos y revistas de todo el mundo y vistas por casi todo aquel que tenga acceso a una televisión o a Internet. A pesar de que las fotografías publicadas, poco más de una docena, son tan solo una mínima parte de las miles que existen, su relevancia documental es evidente: en este lugar en particular, a una remota distancia de los Estados Unidos y en ese periodo particular, entre el año 2003 y el 2004, hombres y mujeres de las fuerzas armadas trataron a sus prójimos con desprecio y crueldad, desnudándolos, atándolos, abusando sexualmente de ellos, golpeando sus cuerpos con puños y palos, amenazándolos y atacándolos con perros, o matándolos. Este tipo de comportamiento, como establece la Convención contra la Tortura de las Naciones Unidas, es claramente ilegal, jamás puede ser justificado y los autores deben ser identificados, arrestados y castigados con todo el peso de la ley militar, civil e internacional. Por añadidura, debe ponerse fin a toda norma, práctica o procedimiento que permita o fomente la tortura. Esto está claro, pero aún quedan muchos puntos sin resolver.

La culpabilidad, en su mayor parte, no ha sido reconocida y no se han infligido los castigos. El Congreso de los EE.UU. tan solo asistió a doce horas de testimonio bajo juramento acerca de Abu Ghraib en 2004 y no emitió ningún informe final. Cuatro investigaciones adicionales –encargadas por el Departamento de Defensa, el Ejército, la Armada y la CIA– dieron cuenta de 150 denuncias de tortura (etiquetadas de forma eufemística como “abuso”), pero solo se produjeron un puñado de enjuiciamientos y condenas. El Ejército estadounidense confirmó que al menos 27 muertes de prisioneros en Abu Ghraib fueron homicidios, pero la sentencia más larga recibida por un soldado condenado por asesinato fue de tres años. Aunque los periodistas, abogados y defensores de los derechos humanos han puesto de manifiesto de forma inequívoca la responsabilidad de los altos mandos militares y las autoridades civiles por las políticas que consienten o legitiman la tortura, ninguno de estos ha sido acusado de los crímenes, ni ha sido despedido, degradado o reprobado. Las fotografías de Abu Ghraib no fueron objeto de debate o discusión por parte de los candidatos en la campaña presidencial de 2004, y el asunto no impidió la reelección de George Bush. Alberto Gonzales, autor de una circular enviada al Presidente en la que argumentó que los EE.UU. tenían el derecho de torturar a los detenidos en la denominada “guerra contra el terror”, fue ascendido en 2005 desde su posición como Consejero de la Casa Blanca a Fiscal General. Todos los senadores republicanos, a los que se sumaron además seis demócratas, votaron a favor de su confirmación.

Aunque el presidente Bush sufrió un importante descenso de la popularidad durante el período 2005-2006, este hecho es atribuible en gran parte al huracán Katrina, los altos precios de la gasolina y los esfuerzos en una guerra fallida, pero no como consecuencia de las revelaciones sobre las torturas de prisioneros en Irak y en la Bahía de Guantánamo, sobre los centros de detención secretos en todo el mundo, o sobre las “rendiciones extraordinarias” –una práctica (específicamente prohibida por la Convención de la ONU mencionada anteriormente) basada en el secuestro y traslado de sospechosos de terrorismo a lugares donde la tortura se practica de forma rutinaria–.

De este modo, es razonable suponer que la mayoría de los ciudadanos estadounidenses no están especialmente molestos por el hecho de que EE.UU. practique la tortura. Mientras que una encuesta realizada por Gallup inmediatamente después de la publicación de las fotografías de Abu Ghraib indicaba que el 54 por ciento de los estadounidenses estaban “muy molestos” por las revelaciones, un año más tarde ese número había disminuido ya hasta el 40 por ciento. En diciembre de 2005, una encuesta de AP/Ipsos reveló que el 61 por ciento de los estadounidenses estaba de acuerdo en que la tortura podía estar justificada en algunas ocasiones4. El informe de mayo de 2006 sobre la tortura estadounidense en Guantánamo redactado por el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos fue ampliamente divulgado en los periódicos, la radio y la televisión, pero no generó grandes protestas, ningún clamor público o investigaciones del Congreso. ¿Es posible que un gran número de estadounidenses haya llegado a aceptar la tortura como una aburrida cuestión puramente rutinaria?

¿Y si hay algo en las propias imágenes, y en las imágenes de tortura del pasado en diferentes medios, que ha mitigado la natural respuesta humana de indignación? ¿Y si los escenarios sexualizados, tan frecuentemente visibles en las fotografías de Abu Ghraib, en lugar de hacer las imágenes de abusos y tortura más horribles, tuvieran en realidad el efecto contrario? ¿Y si la ciudadanía estadounidense y los fotógrafos amateurs de Abu Ghraib comparten una especie de ceguera moral –llamémoslo el “efecto Abu Ghraib”– que les permite ignorar, o incluso justificar, aunque solo sea de manera parcial o provisional, las muestras de degradación y brutalidad que vemos en las fotografías? ¿Y –por último, de manera algo más esperanzadora– si el “efecto Abu Ghraib” puede ser socavado, o en cierta medida desplazado, mediante su denuncia, análisis y discusión pública?

Cualquier esfuerzo por descubrir y debilitar el efecto Abu Ghraib requerirá una cuidadosa atención a estas inquietantes fotografías; no hay alternativa. Si queremos estimar su alcance y trascendencia, será necesario que las entendamos como imágenes enclavadas en una larga historia. Nótese que empleo las palabras “fotografía” e “imagen” para describir la evidencia de Abu Ghraib. Aunque poseen una forma y una estructura discernible –lo que los historiadores del arte llaman “estilo”–, las fotografías de Abu Ghraib, por supuesto, no son obras de arte. No fueron pensadas para ser vistas o exhibidas como tal (en galerías o museos, por ejemplo) y sus creadores no tenían ninguna formación (por lo que sabemos) en escuelas de arte o academias, o conocimientos significativos sobre obras de arte del pasado o del presente. Sin embargo, esto no significa que las imágenes de Abu Ghraib deban ser excluidas de la comparación con obras que pertenecen a la historia del arte. La visión, el ver y las representaciones también tienen sus historias. La imaginación visual de los individuos y las comunidades se desarrolla a través de generaciones.

Si bien es cierto que no todas las imágenes son obras de arte, todas las obras de arte sí son imágenes y, debido a su carácter especial, las fotografías de Abu Ghraib –su representación de la tortura y el sufrimiento en tiempos de guerra– pertenecen a un conjunto muy grande e ilustre culturalmente. Como mostraré a continuación, contienen motivos y temas peculiares que tienen su origen aproximado en la escultura de la antigüedad greco-romana y reaparecen posteriormente con regularidad en buena parte del arte occidental (en el epílogo aludiré a este problemático término). En definitiva, las fotografías de Abu Ghraib no son obras de arte, pero los materiales y herramientas de la historia del arte son esenciales para entender y contrarrestar sus efectos.

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