Han pasado ochenta y cinco años desde la publicación original de Mi Guerra en 1931 por parte de la editorial londinense John Lane The Bodley Head Limited. Confluyen en torno a esta última fecha dos hechos fundamentales y definitorios de la hermosa obra de Szegedi Szüts: en primer lugar, transcurrida una década desde el final de la Gran Guerra, toda una generación de escritores y excombatientes comenzaron a plasmar sus experiencias en papel, generando un auténtico boom de la novela bélica que influiría de manera decisiva en el imaginario popular de la época. Dentro de esta corriente, Mi Guerra supone una aportación verdaderamente original gracias al medio empleado, articulando un mensaje humanista y antibelicista que encuentra equivalencias con hitos del género como Sin novedad en el frente (Erich Maria Remarque, 1929) o El miedo (Gabriel Chevallier, 1930). En segundo lugar, el inicio de la década de los años treinta es también un punto culminante para un nuevo filón artístico del que Mi Guerra participa: las novelas en imágenes. Desde hacía poco más de una década, artistas como Frans Masereel, Lynd Ward u Otto Nückel habían trabajado este medio con resultados sorprendentes. La obra que aquí nos ocupa es también un ejemplo inusitado en este sentido, al sustituir la técnica canónica –el grabado– por el pincel y la tinta, empleando además un estilo verdaderamente depurado, capaz de expresar las más profundas sensaciones con tan sólo unas pocas líneas y demostrando un gran manejo de los fondos blancos.

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En la presente edición, hemos respetado la disposición original de los pies de cada una de las doscientas seis imágenes que componen la obra en un listado separado [exceptuando las últimas seis que el autor no titula, empleando magníficamente una suerte de silencio como recurso dramático]. En este sentido, la obra se presta a diferentes niveles de lectura y clarificación. Como recomendación, resulta francamente interesante “leer” por vez primera el libro entero sin recurrir a los pies de imagen, pasando detenidamente las páginas y tratando de estructurar el armazón argumental de la historia. Después, en sucesivas relecturas, podemos emplear el listado y detenernos en cada uno de los diseños, siguiendo la rica trama y las idas y venidas del personaje principal.

Este detenimiento, precisamente, fue uno de los elementos más subrayados de la experiencia de lecto-visionado que generaban las novelas en imágenes. A este respecto, fueron varios los comentaristas que compararon este medio con el cine mudo, el cual vivía a finales de los años veinte su época dorada. Para Hellmut E. Lehmann-Haupt, la superioridad de la novela en imágenes se debía precisamente a este placer sutil que el lector experimentaba al ser al mismo tiempo la audiencia y el operador, permitiendo que la historia avanzase al ritmo que él desease o, incluso, posibilitando que se detuviera bruscamente en una imagen individual para analizar sus cualidades propias. En el caso de Mi Guerra, al igual que en el resto de ejemplos más notables del género, también pueden trazarse paralelismos con el mundo del cine y, a lo largo de sus más de doscientos diseños, divididos en siete partes, no es difícil imaginarse espléndidas secuencias –la pesadilla tras resultar herido, la lectura de la terrible carta enviada por su amada, etc.–. La obra, que parte de un estilo más íntimo y familiar, adquiere casi por momentos el tono de un diario personal de guerra y puede recordarnos, en algunas escenas, a un depurado storyboard. Curiosamente, el propio Szegedi Szüts se embarcó en la realización de un film animado en 1933: un proyecto basado en más de catorce mil dibujos elaborados a mano que fue bien recibido en Inglaterra y que determinó su traslado definitivo a Gran Bretaña unos años más tarde.
Por último, con relación al mundo del cómic, y más concretamente al ámbito de las historietas basadas en la Primera Guerra Mundial –que tuvieron un notable repunte a partir de 2014, con motivo del inicio del centenario de la contienda–, Mi Guerra puede reclamar una merecida revalorización que la sitúe como una de las primeras plasmaciones estrictamente visuales de este devastador episodio de la historia moderna. Al igual que la obra de George Grosz, Percy J. D. Smith, Gisbert Combaz u Otto Dix, el legado artístico de István Szegedi Szüts es una pieza fundamental para entender el horror al que tuvieron que hacer frente millones de civiles y combatientes.

Ander Gondra Aguirre.

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