Fig. 1

Fig. 1

En la postal número 9 de la Danza Macabra Europea de Alberto Martini, Guillermo II juega al ajedrez con la muerte y ésta le hace un jaque que forzará el bombardeo de la Catedral de Reims, un verdadero icono de la propaganda de la época y un elemento central en la construcción del imaginario desalmado y bárbaro de la Kultur alemana [Fig. 1].

En esta breve entrada, eminentemente visual, veremos cómo este episodio fue abordado masivamente a nivel mediático, centrándonos también en la peculiar manera en que la catedral fue personificada y convertida en una víctima paradigmática.

***

El 19 de septiembre de 1914 la catedral de Reims es bombardeada por vez primera. El periodista Albert Londres se encuentra allí para presenciar la catástrofe y firmar, tan sólo unos días después del suceso, un célebre artículo sobre la agonía de la basílica, publicado en la portada del diario Le Matin. En estas primeras horas el mito de la catedral mártir comienza a fraguarse y ya Londres asemeja la edificación con un soldado cuyo pecho ha sido terriblemente desgarrado [Fig. 2]

Fig. 3

Fig. 3

El caso de la catedral de Reims, junto con el de la Biblioteca de Lovaina, fue seguramente el que más influencia tuvo a la hora de movilizar a la comunidad internacional y servir como símbolo de identidad ante al salvajismo enemigo. Frente a este torrente de declaraciones, los alemanes se escudaron en justificaciones militares en las que acusaban a Francia de ser la verdadera causante de la catástrofe al emplear la catedral como base de operaciones [Fig. 3]. Ciertos autores, como George Bernard Shaw, pusieron el contrapunto a la opinión generalizada, ridiculizando el supuesto barbarismo de los alemanes al recordar que los ingleses habían hecho canalladas semejantes con su propio patrimonio medieval en tiempos de paz[1].

Esta valoración, sin embargo, no fue bien acogida, y la opinión pública mayoritaria siguió la estela de las acusaciones de vandalismo, apuntando que este episodio constituía un sacrilegio imperdonable [Atlas 1]. Precisamente, la danza de Alberto Martini es un buen ejemplo de esto; no da cuenta de episodios vividos de manera personal por el autor, es tan sólo el reflejo de las informaciones que circulaban en aquella época y, en este sentido, sensible a las noticias que describían las bestialidades alemanas contra mujeres, ancianos, niños y patrimonio.

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Un ejemplo evidente de la personificación de la catedral, y del patrimonio en general, se vivió durante los años posteriores al bombardeo, cuando una muestra recorrió Francia exponiendo multitud de obras dañadas bajo el clarificador título “L’art assassiné” [El arte asesinado]. En un número especial monográfico de la revista L’art et les artistes, publicado en 1917, se incluía una amplia selección de estas “obras asesinadas”, algunas de las cuales se pueden visionar en la siguiente galería [Atlas 2].

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El templo, erigido en ejemplo paradigmático del culto a la patria a través del patrimonio, se convirtió incluso en una suerte de destino turístico inesperado [Figs. 4 y 5]. Uno de estos visitantes fue Manuel Azaña, que a finales de octubre de 1917 visitaba la ciudad, plasmando posteriormente en un artículo publicado el Bulletin Hispanique sus impresiones:

La catedral parece más alta, ahora que los edificios circundantes están demolidos; en el gran espacio libre que la rodea yergue su cuerpo de mártir, desgarrado, desollado, y ostenta sus llagas abiertas, sin defensa contra las injurias impías. El pueblo de piedra que se alojaba en las torres y en la fachada ha sido víctima del exterminio. No hay estatua que no haya padecido algún suplicio; decapitadas unas, descuartizadas otras, agujereadas todas, no queda de muchas sino un grosero bloque de piedra calcinada. Las columnitas frágiles muestran sus fustes rojizos hechos astillas. La intemperie acaba la obra del fuego y de la artillería; agriétense las piedras y caen reducidas a polvo. Las dos torres han vertido su llanto de bronce sobre esta desolación. El metal derretido de las campanas ha ido cayendo gota a gota en lágrimas abrasadoras, hasta el suelo. En el interior el estrago es el mismo. Los relieves adosados al muro de la entrada han sido raídos por la metralla; las vidrieras acribilladas. Grandes agujeros abiertos en la techumbre y en los muros dejan pasar el sol y la lluvia. Y así está la pobre catedral atenazada, como un cuerpo vivo al que todos los días le arrancan un pedazo de carne. Pocas horas antes de nuestra visita los proyectiles alemanes habían llegado hasta la catedral dándole una nueva dentellada.[2]

Figs. 4 y 5

Figs. 4 y 5

Azaña no puede evitar acudir a la metáfora del cuerpo vivo, del mártir desollado. Y más adelante, concluye:

La metralla, al destrozar la catedral, ha creado un monumento de índole rara, monstruoso por sus mutilaciones, si lo queréis ver como obra de arte, pero de una elocuencia sublime en cuanto sepáis leer en él y extraer de sus piedras la lección de ira y dolor que en ellas está amasada.

En este punto, las sensaciones del político español encuentran refrendo en un artículo publicado por el célebre literato y político argentino Leopoldo Lugones en agosto de 1921 en la revista cultural Repertorio Americano [Fig. 6]. Lugones invita a visitar Reims y su catedral a quien quiera saber lo que es la tristeza, a quien quiera hartarse de desolación, considerando que la ruina de este templo, en el estado en que quedó, es una ruina lúgubre, al agregar al horror de la muerte la realidad del cadáver:

Su destrucción conserva la violencia del asesinato. Aquellos dos últimas que acabo de citar [la catedral de Arras y la de Soissons], montones de piedra grisácea, parecen más bien escombros volcánicos de insípida desnudez, como huesos fósiles bajo la calcinación solar. La de Reims conserva en sus cavidades bastante sombra para ser, como he dicho, lúgubre. Flota en ella todavía un resto de alma desolada. Sus tremendas brechas son heridas que aun sangran; sus fracturas brutales aguzan esquirlas en que se desgarra el dolor; sus manchas fomentan un negror de gangrena. Los pedazos de bóveda presen prolongar el eco de las explosiones y la alarma de la catástrofe. Las estatuas de los portales y de los nichos exteriores donde hacían contrapeso a la carga del botarel, son a su vez gigantescos cadáveres de piedra.

Y concluye: “la catedral es la historia viviente de la Edad Media. Por eso, destruirla es matar. Matar no sólo el cuerpo sino el alma de una civilización completa, que fue la de los pueblos crédulos y obedientes”[3].

Es interesante observar cómo ambos intelectuales sugieren valorar, en cierto modo, las ruinas, extrayendo una lección de ira, una lección de historia. Casualmente, cuando Azaña volvió a pisar territorio francés en 1939, camino del exilio, visitó nuevamente algunos de los lugares y monumentos que había conocido en su estancia anterior y el periódico Le Matin –el mismo que publicó la nota de Albert Londres mencionada al comienzo– criticó en un editorial que “el Presidente la República Española, luego de quemar sus bellas iglesias, se recrease en la contemplación de la nuestra de St. Denis”. Las huellas del anticlericalismo y de la iconoclastia durante la II República y la Guerra Civil española dejaron, por todo el territorio nacional, un amplio catálogo de ruinas. En torno a algunas de éstas, y en concreto alrededor del Alcázar de Toledo –un símbolo asociado a un sinfín de valores históricos precedentes–, el franquismo también cultivó una cierta poética de la ruina, de la cual encontramos buena muestra, por ejemplo, en la obra del periodista Jacinto Miquelarena o del escritor y diplomático Agustín de Foxá.

El primero considera que “las ruinas de la guerra, las ruinas del cañón, tienen todavía una elegancia y un aire de nobleza”[4]. Los escombros son majestuosos y en ellos el régimen puede seguir imaginando una dimensión épica y heroica. De Foxá, en un texto titulado Arquitectura hermosa de las ruinas, va incluso más allá e invita a visitar estos destinos con una mentalidad cercana a la peregrinación, buscando entre los escombros el encuentro directo con la memoria de los caídos:

Es mentira que España esté en ruinas; nunca Toledo ha estado más completo. El peligro de una ciudad histórica, de una patria con abolengo, no está en las ruinas, sino en los museos. Benditas las ruinas, porque en ellas están la fe y el odio y la pasión y la lucha y el alma de los hombres.

Encontramos por tanto una constante resignificación de las ruinas, a las que se atribuye una eficacia simbólica particular en todos los casos, constituyendo un lugar fundamental para la comprensión de los traumas bélicos nacionales. Volviendo a Reims, y conectando en este caso con la tradicional valoración de las ruinas por parte del espíritu romántico, nos topamos con una interesante serie de aguafuertes realizada por Raoul Varin en 1920. En esta ocasión, los trágicos escenarios destilan una extraña belleza, que parece justificar el deseo del arquitecto Auguste Perret de tratar de conservar, en cierto modo, las ruinas de la catedral [Figs. 7 y 8].

Figs. 7 y 8

Figs. 7 y 8

El cadáver de Reims constituyó un monumento monstruoso de referencia para toda Europa, una lección que obligó a reconsiderar la noción de patrimonio a un nuevo nivel supranacional, impulsando seguramente, mediante su imborrable plasmación en el imaginario, la firma de la Convención de la Haya y de otros acuerdos internacionales en busca de una mayor protección del arte, algo que sin lugar a dudas resuena en la destrucción actual por parte del Estado Islámico de significativas muestra de patrimonio de la humanidad.

Para terminar, cerramos el círculo recordando una fantástica serie de seis postales propagandísticas publicada en Francia en 1915, testimoniando nuevamente la enorme popularidad de este medio y el ingenio que presentaban alguna de estas obras. La serie, titulada Les Monstres des cathédrales, presenta seis retratos de líderes alemanes y austríacos encarnados en las gárgolas pétreas de la Catedral de Notre Dame de París –de hecho, los retratos parten de una serie anterior de postales fotográficas de todas las gárgolas del célebre templo parisino–. Además de Francisco José I y Guillermo II, aparecen retratados entre los grotescos personajes importantes cargos militares alemanes como Karl von Bülow y Alexander von Kluck, responsables de la invasión de Bélgica y Francia, y, según la breve descripción que acompaña a cada gárgola, de la destrucción de la catedral de Reims y de la de Soissons respectivamente [Atlas 3].

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Ander Gondra

[1] Los textos de Shaw pueden consultarse en el siguiente enlace: http://www.gutenberg.org/files/13635/13635-h/13635-h.htm#page11

[2] El texto completo, titulado “Nuestra misión en Francia”, puede consultarse en el siguiente enlace: http://www.ateneodemadrid.net/biblioteca_digital/folletos/Discursos-001.htm

[3] El artículo completo de Lugones puede consultarse en el siguiente enlace: http://protestas.info/paginas/753?page=7&search%5Btext%5D=catedral+muerta

[4] J. Miquelarena, “Las primeras horas y los primeros días de Madrid”.

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