Vamos a dedicar esta entrada a profundizar en un aspecto apuntado brevemente por Richard Krautheimer en Introducción a una iconografía de la arquitectura medieval, un texto plagado de sugerentes ideas que, años más tarde, han sido investigadas y ampliadas por diversos estudios inspirados en este celebre ensayo.

En un momento dado, al analizar la aparente indiferencia hacia la imitación precisa que la mentalidad medieval tenia a la hora de reproducir ciertos prototipos arquitectónicos, Krautheimer defiende que en aquel entonces una similitud aproximada bastaba para transmitir la esencia, y que en ningún caso esperaban encontrarse todos los aspectos del original en la copia, siendo suficiente una trasferencia parcial y selectiva.

Esta transferencia podía basarse en ciertos elementos arquitectónicos -un determinado número de columnas, por ejemplo-, pero también en ciertas medidas puntuales, de forma que a la hora de plantear una copia del Santo Sepulcro de Jerusalén resultase fundamental subrayar que las mediciones habían sido tomadas in situ en el monumento original. Así, en la descripción de varios edificios construidos bajo la inspiración de la Anástasis en época medieval, encontramos expresiones como “in honore sancti sepulchri”, “in similitudine” o “propia mensus est manu”, indicando esta última que una persona enviada a Jerusalén se preocupó por medir el edificio mediante su propio cuerpo.

Si se profundiza en el tema, atendiendo a los orígenes bíblicos de esta cuantificación de lo sagrado, podemos llegar prácticamente a la conclusión de que durante siglos las medidas se consideraban imbuidas del poder del objeto del que derivaban. Algo que nos permite entenderlas como una particular reliquia y, por consiguiente, imaginar incluso a la copia arquitectónica que las alberga como una suerte de relicario.

Son varias las referencias que pueden motivar esta práctica tan popular durante siglos. En Apocalipsis 11:1-2 nos encontramos ya con la historia referida a la medición del templo, y con el uso de un instrumento que años más tarde se popularizaría entre los peregrinos -la vara o la cinta-:

Entonces me fue dada una caña seme­jante a una vara de medir, y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él.

Pero excluye el patio que está fuera del templo, no lo midas, porque ha sido entregado a las naciones, y éstas holla­rán la ciudad santa por cuarenta y dos meses.

Otra cita la hallamos en Zacarías 2:1-2, relacionada además con la ciudad de Jerusalén, fuente de las medidas más preciadas y difundidas por todo el planeta:

Alcé después mis ojos y miré, y he aquí un varón que tenía en su mano un cordel de medir.

Y le dije: ¿A dónde vas? Y él me respondió: A medir a Jerusalén, para ver cuánta es su an­chura, y cuánta su longitud.

Inspirado por estos esfuerzos legendarios, el peregrino medieval se afana en registrar física y numéricamente los santos lugares que visita, un peregrinar que indudablemente supone una rica combinación de elementos ópticos y hápticos. Por ejemplo, se conserva el relato del peregrino Arculf (680), narrado por Adomnán en De locis sanctis (698), en el que se dice: “Arculf midió el sepulcro con sus propias manos, y resulto que era de siete pies de largo”. Krautheimer expone cual era el uso y función de estas medidas con el ejemplo del claustro de Bebenhausen, en el que en 1492 se grabaron unas simples indicaciones que venían a representar el sarcófago de Cristo mediante tres líneas que se cruzan en la pared, acompañadas de inscripciones que describen su longitud, profundidad y anchura.

Para evidenciar aún más la consideración de reliquias que estas mediciones, y este “entrar en contacto”, tuvieron durante siglos, contamos con relatos como el dedicado al viaje de Paula (discípula de San Jerónimo) a Jerusalén en el año 383:

[Paula] prosternada ante la Cruz, adoraba al Señor como si lo contemplara allí pendien­te. Habiendo entrado en el sepulcro de la Anástasis, besaba la piedra que de su puerta el ángel removiera. No podía despegar sus labios del lugar en donde quedó depositado el cuerpo del Señor…

O comentarios como el del anónimo peregrino de Piacenza que a mediados del siglo VI dejo escritas sus impresiones sobre los lugares donde en una fecha tan temprana ya se conmemoraba -y se codificaba materialmente- la memoria de la Pasión de Jesús:

La columna está marcada así: cuando Él [Cristo] la abrazó, su pecho se aferró al már­mol, y sus dos manos, las palmas y los dedos se pueden ver en esta piedra, de modo que para cada enfermedad se toman las medidas en consecuencia, las cuales se colo­can alrededor del cuello y traen la cura.

Este último apunte supone la confirmación definitiva de que las medidas no solamente fueron empleadas para remitir, a modo de esencia, al edificio original que las albergaba en un sinfín de copias -en lo que Krautheimer se detiene-, sino también para establecer practicas curativas que recuerdan a la aplicación de ciertas reliquias en determinadas partes del cuerpo. En concreto, han llegado hasta nuestros días cordeles en los que se lee “Misura della colonna di Cristo nro. Signore alla quale fu flagellato”, y se ha podido comprobar que este tipo de “medidas de Nuestro Señor” fueron sumamente habituales.

Por señalar tan solo algún ejemplo, en el inventario de reliquias del convento alsaciano de Erstein en 1357 aparece una de estas mediciones (conviviendo con otro tipo de reliquias más convencionales); la mística cristiana inglesa Margery Kempe visitó Jerusalén en 1413 y se trajo de vuelta un cordel con las medidas del sepulcro que mostró a muchos de sus vecinos; en 1418 el noble francés Nomper de Caumont compra en Jerusalén: “quatre cor­des de patres nostres de cassdonie et de cristal et quatre cintes de soye blanche et de fil d’or que sont les mesures du Saint Sepulchre de Nostre Seigneur et de Notre Dame”, e incluso en el siglo XVI, en la catalogación de la Capilla Real de Granada, se registra un sobre con la ‘medida del sepulcro’ obtenida mediante un hilo negro.

Podemos por tanto especular, en base a diversas fuentes, que los artilugios de medición debían ser ampliamente demandados por los peregrinos al llegar a Jerusalén, obteniéndose junto con otros eulogia (souvenirs bendecidos) in situ. Es este un tema escasamente abordado, pero lucidamente insinuado por Krautheimer en este texto tan sugestivo.

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